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Cuando su hijo con trisomía 21 explota de ira ante una negativa, se deshace en lágrimas por una razón que se le escapa, o parece incapaz de calmarse a pesar de sus intentos de consuelo, quizás se pregunte qué está pasando en su cerebro. La respuesta se encuentra en gran parte en una región cerebral fascinante: la corteza prefrontal. Esta zona situada en la parte anterior del cerebro desempeña un papel determinante en nuestra capacidad para regular nuestras emociones, y su desarrollo particular en las personas con trisomía 21 explica gran parte de los desafíos emocionales que usted observa en el día a día.
Comprender el funcionamiento de la corteza prefrontal y sus particularidades en la trisomía 21 no es solo un ejercicio teórico. Es la clave para adaptar su acompañamiento, ajustar sus expectativas y poner en marcha estrategias verdaderamente eficaces para ayudar a su hijo a gestionar mejor sus emociones.
La corteza prefrontal: el centro de control del cerebro
Anatomía y localización
La corteza prefrontal ocupa la parte más anterior del cerebro, justo detrás de la frente. Es la región del cerebro que más se ha desarrollado durante la evolución humana, y representa aproximadamente un tercio de la totalidad de la corteza cerebral. Esta zona no es uniforme: se compone de varias subregiones que colaboran para asegurar funciones cognitivas complejas.
La corteza prefrontal dorsolateral está implicada en la planificación, el razonamiento y la memoria de trabajo. La corteza prefrontal ventromedial desempeña un papel crucial en la toma de decisiones y el procesamiento de las emociones. La corteza orbitofrontal participa en el control de los impulsos y en la evaluación de las recompensas. Por último, la corteza cingulada anterior, aunque técnicamente distinta, trabaja en estrecha colaboración con la prefrontal para la regulación emocional y la detección de errores.
Las funciones ejecutivas: los superpoderes del prefrontal
La corteza prefrontal es la sede de las funciones ejecutivas, un conjunto de capacidades cognitivas superiores que nos permiten funcionar eficazmente en la vida cotidiana. Estas funciones incluyen varias competencias esenciales.
La inhibición es la capacidad de frenar una respuesta automática o impulsiva. Es la que nos permite no comer el pastel cuando estamos a dieta, no decir en voz alta lo que pensamos, o no golpear a alguien que nos irrita.
La flexibilidad cognitiva nos permite cambiar de estrategia cuando un enfoque no funciona, ver las cosas desde un ángulo diferente, adaptarnos a los cambios de situación.
La memoria de trabajo nos permite mantener temporalmente información en mente y manipularla. Es la que nos permite seguir una conversación, hacer un cálculo mental, o recordar los pasos de una receta mientras cocinamos.
La planificación nos permite organizar nuestras acciones en el tiempo, anticipar las consecuencias de nuestras elecciones, definir objetivos y los pasos para alcanzarlos.
La atención sostenida nos permite mantenernos concentrados en una tarea a pesar de las distracciones y la fatiga.
El papel central en la regulación emocional
La regulación emocional es una de las funciones más importantes de la corteza prefrontal. Cuando sentimos una emoción, es primero el sistema límbico, y particularmente la amígdala, el que se activa. Esta respuesta es rápida, automática e intensa. Es una reacción de supervivencia, heredada de nuestros ancestros, que nos prepara para huir o combatir ante el peligro.
La corteza prefrontal interviene en un segundo momento para modular esta respuesta emocional bruta. Evalúa la situación de manera más racional, determina si la reacción emocional es proporcionada, y pone en marcha estrategias para volver a un estado de equilibrio. Es la que nos permite tomar distancia ante una situación estresante, relativizar un problema, calmarnos después de un susto.
Esta modulación descendente del prefrontal hacia el sistema límbico es esencial para desenvolverse en la vida social y profesional. Sin ella, estaríamos a merced de nuestras reacciones emocionales primitivas, incapaces de diferir una gratificación, de gestionar un conflicto de manera constructiva, o de hacer frente a las frustraciones inevitables de la vida cotidiana.
El desarrollo de la corteza prefrontal en la trisomía 21
Un desarrollo diferente, no deficiente
En las personas con trisomía 21, el desarrollo de la corteza prefrontal sigue una trayectoria diferente de la observada en la población general. Estudios de neuroimagen han mostrado diferencias estructurales y funcionales en esta región del cerebro, que explican en parte las dificultades de regulación emocional frecuentemente observadas.
Es crucial abordar estas diferencias con la actitud adecuada. No se trata de un cerebro "deficiente" o "anormal", sino de un cerebro que funciona de manera diferente. Esta diferencia implica desafíos particulares, pero también fortalezas específicas. Y sobre todo, abre pistas de acompañamiento adaptadas.
Las particularidades estructurales
Las investigaciones en neurociencias han identificado varias particularidades estructurales del cerebro en la trisomía 21. El volumen global del cerebro es generalmente reducido en aproximadamente un 20% respecto a la media, con reducciones más marcadas en ciertas regiones, entre ellas la corteza prefrontal y el hipocampo.
La corteza prefrontal presenta una superficie cortical reducida y un número de neuronas menos importante. Las conexiones entre las neuronas, las sinapsis, también pueden ser menos numerosas u organizadas de manera diferente. Estas particularidades estructurales tienen consecuencias funcionales directas sobre las capacidades de regulación emocional.
El cuerpo calloso, que conecta los dos hemisferios cerebrales y permite su comunicación, presenta también diferencias. Esto puede afectar la integración de las informaciones entre los dos lados del cerebro.
Las particularidades funcionales
Más allá de la estructura, es el funcionamiento de la corteza prefrontal el que está afectado. Los estudios de imagen funcional muestran que esta región se activa de manera diferente en las personas con trisomía 21 durante tareas que implican las funciones ejecutivas.
El procesamiento de la información puede ser más lento, necesitando más tiempo para analizar una situación y elaborar una respuesta adaptada. La conexión entre la corteza prefrontal y la amígdala, esa "autopista" que permite la regulación descendente de las emociones, puede ser menos eficiente. La capacidad de mantener la activación del prefrontal ante emociones intensas también puede estar reducida.
Estas particularidades funcionales explican por qué su hijo puede tener dificultades para frenar una reacción impulsiva, para calmarse una vez que está enfadado, o para adaptarse a un cambio de situación. No es falta de voluntad, es una cuestión de cableado cerebral.
La maduración tardía del prefrontal
En todos los seres humanos, la corteza prefrontal es una de las últimas regiones del cerebro en alcanzar su madurez. Este proceso de maduración continúa hasta aproximadamente los 25 años, lo que explica por qué los adolescentes y los jóvenes adultos pueden a veces carecer de juicio o actuar impulsivamente.
En las personas con trisomía 21, esta maduración puede ser aún más prolongada. Esto significa que las capacidades de regulación emocional continúan desarrollándose mucho más allá de la infancia y la adolescencia. Es una buena noticia: nunca es demasiado tarde para progresar, y los aprendizajes realizados en la edad adulta pueden dar sus frutos.
El equilibrio prefrontal-amígdala: comprender las crisis emocionales
El modelo de "la tapa que salta"
Para comprender qué sucede durante una crisis emocional, se puede utilizar la metáfora de la olla a presión. La amígdala genera la presión emocional, como el vapor que se acumula en la olla. La corteza prefrontal desempeña el papel de la tapa, que mantiene esta presión bajo control y la libera progresivamente de manera regulada.
Cuando el prefrontal funciona bien, puede contener la presión emocional, evaluarla, y liberarla de manera apropiada. Pero cuando el prefrontal es menos eficiente, o cuando la presión emocional es demasiado fuerte, la tapa puede saltar. Es la crisis.
En el niño con trisomía 21, la tapa es estructuralmente menos sólida. Puede contener cierta presión, pero su umbral de tolerancia es más bajo. Situaciones que no hubieran hecho saltar una tapa más robusta pueden desencadenar una explosión emocional.
El secuestro amigdalino
El neurocientífico Daniel Goleman popularizó el concepto de "secuestro amigdalino" para describir lo que sucede cuando la amígdala toma el control y cortocircuita la corteza prefrontal. En esos momentos, la persona está literalmente "fuera de sí": su cerebro racional está temporalmente fuera de servicio, reemplazado por reacciones emocionales primitivas.
Este fenómeno puede ocurrir en cualquier persona ante un estrés intenso o una amenaza percibida. Pero en el niño con trisomía 21, este secuestro puede producirse ante situaciones que consideraríamos menores. No es que el niño exagere o haga teatro: es que su umbral de secuestro es más bajo.
Comprender este mecanismo cambia radicalmente la forma en que percibimos las crisis. Cuando su hijo está en pleno secuestro amigdalino, pedirle que se calme o que reflexione es tan inútil como pedir a alguien que se está ahogando que nade con elegancia. El prefrontal ya no está al mando.
El tiempo de recuperación
Después de un secuestro amigdalino, se necesita tiempo para que la corteza prefrontal retome el control. Este tiempo de recuperación puede ser más largo en las personas con trisomía 21. Durante este período, el niño puede parecer todavía agitado, irritable, o vulnerable a una nueva crisis.
Este tiempo de recuperación no es capricho o mala voluntad. Es un proceso fisiológico necesario. El cerebro debe evacuar las hormonas de estrés liberadas durante la crisis (cortisol, adrenalina) y restablecer su equilibrio químico. Forzar al niño a retomar sus actividades demasiado rápido puede mantenerlo en un estado de vulnerabilidad y aumentar el riesgo de nueva crisis.
Las implicaciones para el acompañamiento cotidiano
Adaptar las expectativas evolutivas
El conocimiento del desarrollo atípico de la corteza prefrontal en la trisomía 21 invita a ajustar nuestras expectativas en materia de regulación emocional. La edad cronológica de su hijo no refleja necesariamente su madurez prefrontal.
Un niño de 10 años con trisomía 21 puede tener una capacidad de regulación emocional comparable a la de un niño de 5 o 6 años. Este desfase no es un retraso a compensar a toda costa, es una realidad a tener en cuenta para ajustar nuestras expectativas y nuestro acompañamiento.
Esto no significa que haya que renunciar a todo progreso. Al contrario, comprender dónde está realmente su hijo permite fijar objetivos realistas y alcanzables, y celebrar cada avance en su justo valor.
Servir de prefrontal externo
Puesto que el prefrontal de su hijo está en curso de desarrollo y funciona de manera diferente, usted puede temporalmente desempeñar el papel de "prefrontal externo". Concretamente, esto significa que usted se hace cargo de ciertas funciones que el prefrontal de su hijo no puede aún asegurar solo.
Usted anticipa las situaciones difíciles para él. Le ayuda a planificar sus acciones descomponiéndolas en pasos simples. Le recuerda las reglas y las estrategias en el momento oportuno. Permanece tranquilo cuando él no lo está, ofreciendo un ancla emocional estable.
Este papel de prefrontal externo no es permanente. A medida que el cerebro de su hijo se desarrolla y que sus competencias mejoran, puede progresivamente transferirle la responsabilidad. El objetivo es acompañarlo hacia la autonomía, no hacer las cosas en su lugar.
Crear un entorno favorable al prefrontal
La corteza prefrontal funciona menos bien en ciertas condiciones. El estrés, la fatiga, el hambre, la sobrecarga sensorial disminuyen todos su eficacia. Inversamente, un entorno tranquilo, previsible y seguro permite al prefrontal funcionar de manera óptima.
Como padre, puede actuar sobre el entorno para favorecer el buen funcionamiento del prefrontal de su hijo. Cuide su sueño y su alimentación. Reduzca las fuentes de estrés evitables. Cree rutinas previsibles. Acondicione espacios tranquilos donde su hijo pueda refugiarse cuando sienta que la presión sube.
Estos ajustes no son muletas que impiden a su hijo progresar. Al contrario, crean las condiciones óptimas para que su cerebro se desarrolle y aprenda nuevas competencias.
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Estrategias para apoyar el desarrollo de la corteza prefrontal
El entrenamiento de las funciones ejecutivas
El cerebro es plástico: se modifica en función de las experiencias y los aprendizajes. Las funciones ejecutivas pueden ser entrenadas y mejoradas, incluso en las personas con trisomía 21. Este entrenamiento requiere tiempo, paciencia y repetición, pero da sus frutos.
Los juegos de memoria ejercitan la memoria de trabajo. Las actividades que requieren esperar el turno entrenan la inhibición. Los puzles y los juegos de construcción solicitan la planificación. Las actividades que implican seguir reglas cambiantes desarrollan la flexibilidad cognitiva.
Estos entrenamientos son más eficaces cuando se integran en actividades lúdicas y motivadoras. Un niño que se divierte aprende mejor que un niño que se aburre o que se siente en fracaso.
El aprendizaje explícito de la regulación emocional
Mientras que la mayoría de los niños aprenden intuitivamente a regular sus emociones, los niños con trisomía 21 se benefician frecuentemente de un aprendizaje más explícito y estructurado. Esto significa nombrar claramente las emociones, explicar qué sucede en el cuerpo cuando las sentimos, y enseñar estrategias concretas para gestionarlas.
La respiración profunda es una de las estrategias más simples y eficaces. Cuando respiramos lenta y profundamente, activamos el sistema nervioso parasimpático, que envía una señal de calma al cerebro. Enseñar a su hijo a respirar con el vientre, quizás con la ayuda de un objeto colocado sobre su abdomen, le da una herramienta que puede utilizar en cualquier lugar.
El movimiento también puede ayudar a regular las emociones. Caminar, saltar, apretar fuerte un cojín, hacer estiramientos: estas acciones físicas permiten evacuar la energía emocional acumulada y volver a la calma.
Las técnicas de grounding (anclaje) ayudan a reconectar con el presente cuando la ansiedad o la ira arrastran hacia pensamientos catastróficos. Pedir al niño que nombre cinco cosas que ve, cuatro cosas que toca, tres cosas que oye, etc., redirige su atención hacia el mundo exterior e interrumpe la espiral emocional.
Los soportes visuales para la regulación
La corteza prefrontal de las personas con trisomía 21 se beneficia particularmente de los soportes visuales. Estas herramientas concretan conceptos abstractos y sirven de recordatorios externos cuando el prefrontal está bajo presión.
El termómetro emocional es una herramienta visual que representa los diferentes niveles de intensidad emocional. El niño aprende a identificar dónde se sitúa en este termómetro y a asociar cada nivel con estrategias específicas. En zona verde (tranquilo), puede continuar sus actividades normalmente. En zona amarilla (agitación), puede poner en marcha estrategias preventivas. En zona naranja (subida de tensión), necesita retirarse a un espacio tranquilo. En zona roja (crisis), necesita ayuda exterior.
Las tarjetas de estrategias presentan visualmente las diferentes opciones disponibles para calmarse. Cuando el niño siente que la tensión sube, puede consultar estas tarjetas y elegir una estrategia: respirar, beber agua, apretar un cojín, escuchar música, pedir un abrazo, etc.
Las secuencias visuales de vuelta a la calma descomponen el proceso de regulación en pasos simples e ilustrados. El niño puede seguir estos pasos uno por uno, lo que reduce la carga cognitiva necesaria para calmarse.
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El papel de la co-regulación
¿Qué es la co-regulación?
Antes de poder regularse solo (autorregulación), el niño necesita vivir experiencias de regulación compartida con un adulto benévolo. Es lo que se llama la co-regulación. El adulto presta su propio sistema de regulación al niño, creando una experiencia de apaciguamiento que el niño acabará por internalizar.
La co-regulación es el fundamento del aprendizaje emocional. Un bebé que llora y que es tomado en brazos por un padre tranquilo experimenta el paso de la angustia al apaciguamiento. Esta experiencia, repetida miles de veces, construye progresivamente los circuitos neuronales de la regulación.
En el niño con trisomía 21, este proceso de co-regulación permanece importante durante más tiempo. No se trata de una dependencia patológica, sino de una etapa necesaria en la construcción de la autorregulación. Con el tiempo y el acompañamiento apropiado, el niño internaliza cada vez más estas competencias.
¿Cómo practicar la co-regulación?
La co-regulación comienza por su propio estado emocional. Si está estresado, ansioso o enfadado, su hijo lo percibe y eso amplifica su propia angustia. El primer paso de la co-regulación es pues regular su propio estado. Respire profundamente, relaje sus hombros, adopte un tono de voz tranquilo y pausado.
Su presencia física desempeña un papel importante. Según las preferencias de su hijo, un contacto físico (mano en el hombro, abrazo) o simplemente una proximidad tranquilizadora puede tener un efecto apaciguador. Algunos niños necesitan distancia durante la crisis y prefieren que estemos disponibles sin tocarlos.
Su voz también puede servir de vehículo para la regulación. Un tono tranquilo, lento, con frases cortas y simples, ayuda al niño a sincronizarse con su estado de calma. Evite las preguntas, las explicaciones largas, los razonamientos complejos que solicitarían un prefrontal temporalmente fuera de servicio.
La validación emocional es otro pilar de la co-regulación. Reconocer la emoción de su hijo, aunque su expresión le parezca desproporcionada, le muestra que es escuchado y comprendido. "Veo que estás muy enfadado" o "Es realmente difícil para ti en este momento" son frases simples que validan la experiencia del niño sin juzgarla.
De la co-regulación a la autorregulación
El paso de la co-regulación a la autorregulación es progresivo y no lineal. Habrá avances y retrocesos, días buenos y días malos. Lo importante es la tendencia general a largo plazo.
Para facilitar este paso, puede comenzar por verbalizar lo que hace cuando ayuda a su hijo a regularse. "Respiro lentamente contigo", "Vamos a un lugar tranquilo", "Pongo mi mano en tu espalda". Esta verbalización hace explícito el proceso de regulación.
Progresivamente, puede invitar a su hijo a tomar una parte más activa. "¿Quieres que respiremos juntos?" luego "¿Recuerdas nuestra respiración del vientre?" y finalmente "¿Qué podría ayudarte a calmarte?". Esta transferencia de responsabilidad se hace a medida que el niño desarrolla sus competencias y su confianza.
Los factores que influyen en el funcionamiento de la corteza prefrontal
El sueño: indispensable para el prefrontal
El sueño no es tiempo perdido para el cerebro. Al contrario, es durante el sueño cuando se consolidan los aprendizajes, se eliminan los desechos metabólicos cerebrales, y se regeneran los recursos cognitivos. Una falta de sueño afecta directamente el funcionamiento de la corteza prefrontal.
Las personas con trisomía 21 presentan frecuentemente trastornos del sueño. La apnea obstructiva del sueño es frecuente debido a las particularidades anatómicas de las vías aéreas. Dificultades de adormecimiento o despertares nocturnos también pueden estar presentes.
Si su hijo tiene dificultades de sueño, una evaluación y una atención adaptada pueden tener un impacto significativo en su regulación emocional diurna. Estrategias de higiene del sueño (rutina regular, entorno propicio, limitación de pantallas por la noche) también pueden ayudar.
La alimentación y la hidratación
El cerebro es un órgano muy voraz en energía. Consume aproximadamente el 20% de nuestro aporte calórico total aunque solo representa el 2% de nuestro peso corporal. Una alimentación equilibrada, con comidas regulares, proporciona al cerebro el combustible que necesita para funcionar correctamente.
La glucemia desempeña un papel particular. Cuando el nivel de azúcar en la sangre baja (hipoglucemia), el cerebro sufre las consecuencias. Irritabilidad, dificultades de concentración, impulsividad: estos síntomas se parecen a los de un prefrontal en dificultades. Comidas y colaciones regulares, con carbohidratos complejos más que azúcares rápidos, mantienen una glucemia estable.
La hidratación también es importante. Una deshidratación incluso leve puede afectar el rendimiento cognitivo. Cuide que su hijo beba regularmente, especialmente en tiempo caluroso o durante actividades físicas.
La actividad física: un impulso para el prefrontal
La actividad física tiene efectos beneficiosos probados sobre el funcionamiento de la corteza prefrontal. Aumenta el flujo sanguíneo hacia el cerebro, favorece la liberación de neurotransmisores favorables al aprendizaje, y puede incluso estimular el crecimiento de nuevas conexiones neuronales.
Para los niños con trisomía 21, la actividad física presenta también la ventaja de desarrollar las competencias motoras, de favorecer la integración social, y de canalizar la energía de manera positiva. La natación, la danza, el caminar, la bicicleta, los deportes adaptados son tantas opciones a explorar según los gustos y las capacidades de su hijo.
La actividad física puede también servir de estrategia de regulación emocional en sí misma. Cuando su hijo está agitado o tenso, una sesión de movimiento puede ayudarle a evacuar esa energía y a recuperar un estado de calma.
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El estrés crónico: el enemigo del prefrontal
El estrés agudo, puntual, puede paradójicamente mejorar el rendimiento cognitivo. Es el estrés que nos permite superarnos durante un examen o una competición. Pero el estrés crónico, que dura en el tiempo sin posibilidad de recuperación, tiene el efecto inverso. Deteriora el funcionamiento de la corteza prefrontal y puede incluso afectar su estructura a largo plazo.
Los niños con trisomía 21 pueden estar expuestos a diversas fuentes de estrés crónico: dificultades escolares, burlas o rechazo social, sentimiento de fracaso repetido, entorno sensorial agresivo, exigencias inadaptadas a sus capacidades. Identificar y reducir estas fuentes de estrés contribuye a preservar el funcionamiento del prefrontal.
Las perspectivas de desarrollo
La plasticidad cerebral: una esperanza fundamentada
El cerebro no está fijado. Se modifica durante toda la vida en función de las experiencias y los aprendizajes. Esta plasticidad cerebral significa que la corteza prefrontal de las personas con trisomía 21 puede desarrollarse y mejorar, aunque la trayectoria sea diferente.
Las intervenciones precoces aprovechan esta plasticidad estimulando el desarrollo cerebral durante los períodos de mayor receptividad. Pero la plasticidad persiste en la edad adulta, y nunca es demasiado tarde para progresar.
Los avances de la investigación
La investigación sobre la trisomía 21 progresa rápidamente. Los neurocientíficos comprenden cada vez mejor los mecanismos cerebrales implicados, lo que abre pistas para intervenciones más dirigidas. Ensayos clínicos exploran enfoques farmacológicos y no farmacológicos para mejorar las funciones cognitivas.
Estas investigaciones ofrecen perspectivas alentadoras para el futuro, aunque las aplicaciones prácticas requieren aún tiempo. Mientras tanto, las estrategias de acompañamiento descritas en este artículo han demostrado su eficacia y pueden mejorar significativamente la calidad de vida de su hijo y de toda su familia.
Una trayectoria positiva
A pesar de los desafíos, la trayectoria evolutiva de las personas con trisomía 21 es generalmente positiva. Las competencias de regulación emocional mejoran con el tiempo, la experiencia y el acompañamiento. Numerosos adolescentes y adultos con trisomía 21 logran una buena gestión de sus emociones, permitiéndoles llevar una vida social y profesional satisfactoria.
Su papel como padre es determinante en esta trayectoria. Comprendiendo las particularidades del cerebro de su hijo, adaptando su acompañamiento, ofreciéndole un entorno favorable y herramientas adaptadas, contribuye activamente a su desarrollo cognitivo y emocional.
Lo que hay que recordar
La corteza prefrontal desempeña un papel central en la regulación emocional, y su desarrollo particular en la trisomía 21 explica gran parte de los desafíos emocionales que encuentran las personas afectadas. Comprender este funcionamiento cerebral permite adaptar el acompañamiento de manera más eficaz y benévola.
Las dificultades de regulación emocional no son defectos de carácter o problemas de educación. Son las manifestaciones de un cerebro que funciona de manera diferente y que necesita un acompañamiento adaptado.
Como padre, puede apoyar el desarrollo de la corteza prefrontal de su hijo de numerosas maneras: creando un entorno favorable, desempeñando el papel de prefrontal externo cuando sea necesario, entrenando las funciones ejecutivas a través del juego, enseñando explícitamente estrategias de regulación, y practicando la co-regulación.
Los progresos son posibles a cualquier edad gracias a la plasticidad cerebral. Con paciencia, perseverancia y las estrategias adecuadas, su hijo puede desarrollar competencias de regulación emocional que mejorarán significativamente su calidad de vida.
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Este artículo ha sido redactado en el marco del blog DYNSEO, dedicado al bienestar en el envejecimiento, la memoria, la educación y el acompañamiento de personas con trastornos cognitivos. Nuestros contenidos tienen como objetivo informar, apoyar y equipar a las familias y a los profesionales en su día a día.